jueves, 14 de abril de 2011

SER PARTE DEL TODO



            El resplandor del sol en sus ojos le anunciaba que otra noche había pasado. Terminó de hacer su trabajo y se incorporó con esfuerzo, como si cargara sobre sus espaldas una  carga muy pesada. Le pesaba su propia existencia. “¿Cuánto me vas a cobrar por esto?”, le preguntó el hombre mientras se abrochaba los pantalones. “Lo que arreglamos”, respondió ella. Él le entregó la plata y ella la guardó en su bota de cuero roja, que le llegaba a las rodillas. “Muy bueno lo tuyo” dijo el cliente y ella salió del auto sin decir una palabra. Buscó su tapado, que estaba tirado al pie de un árbol cercano y luego de un intento frustrado por tapar su desnudez, emprendió la vuelta a su casa.
Sabía el camino de memoria. Las mismas calles, los mismos negocios, las mismas miradas… las mismas burlas, los mismos insultos. Ya falta poco, pensó.
Ese día sintió que el frío era intolerable, se estremeció dentro de su abrigo y trató de darse calor frotándose las manos. Entró a la farmacia que estaba a una cuadra de su casa y saludó al farmacéutico, quien la miró con intriga. Pidió una caja de hojitas para afeitar, la pagó y salió del lugar dando las gracias mientras guardaba el paquete en el bolsillo derecho del abrigo. Se sentía sucia y quería llegar a su casa a bañarse.
Sabía que la luz del día revelaba su masculinidad a pesar de los tacos, el maquillaje y las cirugías plásticas. “Si tan sólo hubiese nacido con un cuerpo de mujer”… pensaba. Hubiera sido abogada y una incansable luchadora por los derechos de los marginados, de aquellos que no tienen voz, de los “que existen, pero nadie los quiere ver”.
Recordó su primer día en la facultad, varios años atrás. Cuando el profesor tomó lista y dijo su nombre, ella respondió en voz baja. Todos esperaban que contestara un “Juan Cruz” y no ese “intento de mujer”, como la llamaron tantas veces. Sintió tal vergüenza al ver la reacción de algunos de sus compañeros, que en poco tiempo el aislamiento se acentuó hasta quitarle las ganas de concretar su sueño. No culpaba a la gente por reaccionar muchas veces mal ante lo diferente, “generalmente lo hacen por miedo o por simple ignorancia”, reflexionó.
Unos metros antes de llegar, vio a un linyera tirado sobre la vereda. Estaba acurrucado sobre varias capas de cartón y tapado por una roída manta sucia, muy sucia. El hombre la miró y en sus ojos había tanta desesperanza como en los de ella. Los dos lo sabían.
Ella lo comprendió en su tristeza, le extendió con ternura su mano y le dio algunos billetes. El hombre, agradecido, la miró con atención y dijo “Dios la bendiga, señorita”.
Ella reanudó su marcha, caminó unos pasos más y llegó a la puerta de su casa. Entró a su cuarto rosado y se desplomó en una cama repleta de muñecos de peluche que se fue regalando a sí misma a lo largo de tantos años de soledad. Miró fijamente el techo y  pensó en lo que iba a hacer. Primero se bañaría, se quitaría los tacos altos y todos los brillos que la adornaban. Luego, abriría la caja  con las hojitas para afeitar, agarraría una y se cortaría las venas hasta desangrarse.
            Dormitó unos minutos, o unas horas; el tiempo ya no le importaba. Se levantó y preparó la ducha. Se miró al espejo y sólo se reconoció en sus ojos, en la profundidad de su hastío. De pronto escuchó golpes y gritos que venían de afuera. Pensó que podrían ser sus vecinos, una familia hacinada que vivía al otro lado del pasillo. Eran cuatro o cinco personas que vivían en un mono ambiente con algunos chicos. El correr del agua le dificultaba escuchar la pelea y tampoco le interesaban demasiado los problemas ajenos; tenía que enfrentar los propios y no quería demorar más el fin. Limpió todo su cuerpo, acariciando por última vez su piel, como despidiéndose de su corporeidad. Cuando salió, se secó frente al espejo, apoyó la pequeña caja con las hojas de afeitar y la abrió. Al instante, escuchó que alguien golpeaba su puerta despacio, casi imperceptiblemente. Pensó que podrían ser nuevamente sus vecinos. Pero los golpes volvieron y sin lugar a dudas eran sobre su puerta. Se puso una bata y fue a ver quién podría ser tan inoportuno como para interrumpir el meticuloso ritual que venía elaborando hacía dos meses.
Del otro lado había una chiquita de unos seis años llorando. Estaba parada, inmóvil y tenía la cara empapada por las lágrimas. Ella le preguntó por sus padres y la niña respondió negativamente con su cabeza, luego dio un paso adelante y la abrazó temblando. La mujer pensó que podría postergar unos momentos su cita con la muerte y llevó a la niña a la cocina. Mientras le preparaba algo para comer, la joven visitante quedó hipnotizada con los muñecos que custodiaban la cama y empezó a jugar con ellos muy concentrada. Al cabo de un rato, la mujer decidió que era hora de llevarla con sus padres. Cuando llegaron a la puerta, abrió un hombre que tendría unos cuarenta años. Parecía ser el padre y se sorprendió al ver a la niña con una “extraña persona”. Dirigiéndose a la niña, dijo“¿y vos en dónde andabas? ¡entrá! La niña se aferró a la mano de su vecina y le susurró al oído: “Después de comer, todos los días me quedo sola… ¿Puedo ir a jugar con vos mañana?”. La mujer no supo qué contestarle y volvió a su departamento.
            Entró al baño y se miró al espejo nuevamente. Agarró la hojita que había separado y mientras la acercaba a su muñeca derecha pensó en aquel señor que le había dado la bendición así como también en la niña que necesitaba de su compañía… Respiró profundamente y sintió que un nuevo aire llenaba sus pulmones.
Se sintió parte de un todo.
Desvió el rumbo de la hojita, la acercó a su cara y se afeitó la incipiente barba.

Mercedes Moreno Uriburu

Premios Fundación Lebensohn 2008.
Por medio del presente tenemos el agrado de felicitar y presentar a los ganadores y menciones de la categoría cuentos breves de los Premios 2008 “Convivencia”, que han sido seleccionados entre más de 200 participantes. Agradecemos la participación de todos los concursantes por sus esfuerzos y confianza, esperando contar con su presencia en los próximos Premios.
 Cuentos breves.
 1° Premio – Pastel de pescado
Agustín María Palmeiro
 2° Premio – Los sedientos
Nicolás Augusto Loss
 1° Mención –Aullidos
Alejandro Cruz Tloupakis
 2° Mención –El talón de Ardiles
Sebastián Norberto Lalaurette
  Menciones de Honor
 Ser parte del todo
Mercedes Moreno Uriburu
 Como un cielo
Diego Marinelli
 M o H
María Raquel Pozzio



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